Palos porque bogas…

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Curioso efecto. Muchos de los mismos que hace unos días exigían al Presidente Piñera cumplir su promesa de campaña y detener la termoeléctrica Barrancones, ahora lo critican por haber hecho precisamente eso.

¿En qué quedamos? Hace una semana, lo que valía era que Piñera “honrara su palabra”. La “institucionalidad ambiental” no le preocupaba a nadie. Ahora, súbitamente aparece una sagrada devoción por el respeto a las evaluaciones de impacto ambiental, las adendas, los plazos y las votaciones de la Corema regional. “Palos porque bogas…”

Pongamos las cartas sobre la mesa. Lo único que hizo el Presidente fue sincerar lo que es obvio. Grandes decisiones como estas, en que chocan dos bienes (la generación eléctrica versus la defensa del medioambiente), son decisiones políticas. De gran magnitud. De gran tonelaje. Y que, por lo mismo, deben resolverse políticamente, por las autoridades que elegimos precisamente para eso.

Por lo demás, siempre ha sido así. ¿O alguien puede ser tan ingenuo para creer que proyectos como Ralco, Pangue o Pascua Lama salieron adelante sólo porque la “institucionalidad ambiental” así lo determinó? ¿Alguien puede entender tan poco de la política real como para creer que esas fueron inmaculadas decisiones técnicas?

Aylwin, Frei, Lagos, Bachelet… todos tomaron opciones políticas al respecto. La diferencia es que ahora esa decisión se ha sincerado. Piñera lo ha hecho públicamente. Y eso, antes que un retroceso en nuestra “institucionalidad”, es un avance en nuestra transparencia.

Un avance que además sirvió para desnudar la inoperancia de nuestra legislación, en que cada empresa decide libremente donde poner una planta contaminante, y apenas es obligada a “mitigar” sus efectos. En cualquier ciudad de Chile, gracias a los planos reguladores de cada comuna, nadie puede instalar una botillería, una oficina o un supermercado (no digamos ya una fábrica contaminante) más que en los espacios delimitados para ello. Sin embargo, a nivel nacional ese tipo de planos no existe, generando una anarquía total.

Recién ahora se está confeccionando ese mapa, lo que será más justo para todos los involucrados. Y permitiría llevar la decisión política al principio del proceso, y no al final. Eso es lo lógico: si una empresa quiere instalar una planta altamente contaminante en x lugar, el Estado debería evaluar si ese plan es conveniente o no para el país, y dar el sí o el no. Y sólo después de ello, comenzar con el proceso para que el proyecto cumpla las exigencias ambientales del caso.

Así ni la empresa ni el Estado perderían tiempo y recursos inútiles en las toneladas de burocracia que generan estos procesos.

Vienen más decisiones. Viene HidroAysén. Un proyecto de miles de millones de dólares, donde chocan frontalmente ideas de desarrollo opuestas para una zona estratégica de nuestro país. ¿Qué debe hacer Chile con la enorme riqueza de las cuencas del Baker y el Pascua? ¿Usarla para generar la electricidad que necesitamos para nuestro desarrollo? ¿O preservarla como un sitio virgen de enorme potencial para el ecoturismo?

Ese es un debate sustantivo. De fondo. Y yo quiero que ese debate se haga públicamente, enfrentando posiciones, y tomando una decisión final de cara al país, al más alto nivel (en La Moneda, o ¿por qué no? en un plebiscito nacional).

Pero no me vengan con la cantinela de la institucionalidad. Porque, con todo respeto para los seremis de Bienes Nacionales o de Obras Públicas de Aysén, esa discusión les queda grande. Y no son ellos los encargados de tomar la decisión final al respecto. No lo han sido, no lo son, y no lo serán. Y es bueno que así sea.

Chimeneas

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Una chimenea ya la conocemos todos: el ducto de ventilación de la mina San José. En 2008, como requisito para reabrirla, Sernageomin exigió “escalarla”, es decir, instalar una escalera que permitiera usarla como vía de escape de emergencia.

¿Qué hicieron los dueños de la mina? Nada. Simplemente reabrieron la mina, sin escalera. Por eso, cuando los 33 mineros intentaron escapar por la chimenea después del derrumbe, no pudieron salir. (Luego, un segundo derrumbe tapó definitivamente esa vía e impidió el rescate). Si los dueños hubieran cumplido con la exigencia del fiscalizador, probablemente los mineros habrían salido por sus propios medios, y todo este drama no hubiera ocurrido jamás.

La segunda chimenea es el proyecto de termoeléctrica que acaba de aprobar la Corema de Coquimbo. También en este caso hay restricciones y exigencias, y por eso las autoridades aseguran que no habrá daño al medioambiente de Punta de Choros. Bien, pero, ¿quién fiscalizará en la práctica que todas las normas se cumplan?

La mina San José se reabrió, la escalera jamás se construyó, y pasaron dos años sin que nadie se diera cuenta, o nadie hiciera algo al respecto. El Estado mostró completa incapacidad, abulia, negligencia o venialidad para supervisar las reglas del juego que él mismo dispuso. Las consecuencias, todos las conocemos.

¿El problema es sólo de la minería? No. La historia de proyectos aledaños a lugares protegidos tampoco es buena en Chile. Veamos lo que pasó hace muy poco en los géiseres de El Tatio. O recordemos cuando se autorizó la planta de Celulosa Arauco en Valdivia. Sí, el tubo daría al río Cruces y a su Santuario de la Naturaleza. Pero no hay nada que temer, aseguraban las autoridades: tendremos tecnología de punta a nivel mundial para evitar cualquier daño al ecosistema.

¿Qué pasó? Las normas de emisión no se cumplieron, incluso se instaló un ducto secreto, y nadie se enteró. Sólo cuando los cisnes murieron o emigraron (o sea, cuando ya era demasiado tarde) se dejaron caer las fiscalizaciones, las sanciones y las multas.

Sea que estemos hablando de minería o de medioambiente, el problema es el mismo. Las autoridades son débiles y los fiscalizadores no dan abasto. Probablemente, tampoco podría ser de otra manera: querer controlarlo todo nos lleva a la pesadilla burocrática de un Estado asfixiante y omnipresente.

Por eso, aprendamos la lección de las chimeneas. Lo que está en el papel no siempre se cumple en la realidad. Las garantías no siempre se concretan. Y por eso, cuando como país decidimos que hay valores muy relevantes en juego (la vida de los trabajadores, la conservación de sitios ecológicos únicos) hay que ser prudente. Y no arrepentirse cuando ya sea demasiado tarde.

Ese es un factor a considerar. El otro, es que la de Punta de Choros (como la de El Tatio o la de HidroAysén) es una decisión política. ¿Por cuál modelo de desarrollo se opta para una zona del país? Uno es el trabajo y la inversión que genera la obra, con sus beneficios (energía, en este caso) para todo Chile. Otro es la conservación ecológica y el ecoturismo. Ambos tienen pros y contras. No queremos llenar Chile de plantas contaminantes, pero tampoco podemos vivir sin energía. Queremos proteger el medioambiente y obtener réditos económicos del ecoturismo, pero no podemos desarrollarnos sólo en base a conservación. En qué zonas se opta por lo uno o por lo otro, es una decisión política. Relevante. Nacional. Y que, por lo mismo, se debe tomar al más alto nivel.

El Estadio Nacional que necesitamos

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Hace 72 años, 48 mil personas llegaron hasta el Estadio Nacional para el partido entre Colo-Colo y Sao Cristovao. Era la inauguración de la nueva casa del fútbol chileno, y el lleno del primer día confirmó que no sería un elefante blanco, como muchos temían. Al revés, ya había quedado chico. Y eso que Santiago apenas superaba el millón de habitantes.

Dos décadas más tarde, la percepción de que el Estadio Nacional no daba abasto ya era unánime. A propósito del Mundial de fútbol, se hablaba de construir un nuevo recinto para 150 mil personas. Finalmente, por problemas de presupuesto, la solución fue más modesta: ampliar el Nacional hasta los 120 mil espectadores. Parecía indispensable para una ciudad que ya se empinaba por los 2 millones de habitantes.

Pero en verdad el Nacional nunca llegó a tener esa capacidad. La eliminación de las galerías de pie (porque a nadie le interesó comprar esos boletos), sumada a múltiples problemas y retrasos en la construcción, terminó con un aforo de 77 mil espectadores. Y en las siguientes décadas, cada reparación del estadio significó más butacas individuales y más escaleras. Una evolución en comodidad y seguridad, por lo tanto, a costa de una involución en capacidad.

Hasta llegar a lo de ahora: una semifinal de la Copa Libertadores jugada ante 37 mil personas, dejando a decenas de miles de fanáticos afuera, porque el estadio no da para más. Una vez completada la obra, después de un proyecto lleno de chambonadas y apurado por razones políticas por el gobierno Bachelet, nos aseguran que entrarán 47 mil personas.

Eso es todo. La misma capacidad que en esa inauguración de 1938, pero para una ciudad que ya no tiene 1 millón de habitantes, sino 6 millones. Para un país que necesita un gran recinto, no sólo para el fútbol como hace 72 años, sino para los grandes conciertos, para fiestas masivas como la Teletón, y para celebraciones sociales como las que organiza todos los años el gobierno. 72 años después, todo en Chile ha crecido. Las calles de tierra han sido remplazadas por autopistas, y las canchas de aterrizaje por aeropuertos. Pero la capacidad de nuestro viejo y querido Nacional es la misma.

¿Estamos de acuerdo, como país, en dejar las cosas así? ¿Tal como hace medio siglo hubo consenso en que el Nacional nos había quedado chico, hoy tenemos unanimidad en que nos queda grande? Por supuesto que no. Al revés, cada evento masivo (cada partido de la Selección, cada artista internacional) comprueba que necesitamos un estadio de mayor capacidad.

Tengamos esa discusión, entonces. Sepamos cuánta plata cuesta ampliar el Nacional, para volver a las 60, 80 ó 100 mil personas, pero con estándares del siglo 21. O en su defecto, cuánto cuesta un estadio nuevo.  Saquemos la cuenta, veamos con cuánto se ponen los que ganarán con el cambio (como la ANFP, que se embolsaría millones de dólares extras en cada clasificatoria; o las productoras, que tendrían un negocio redondo en cada megaevento). Pensemos en cuánto podrían bajar los precios de las entradas a grandes espectáculos, hoy inflados por la simple ley de la oferta (pocos entran) y la demanda (muchos quieren entrar).

Y entonces decidamos si, como país, vale la pena hacerlo. Pero, por una vez, hagamos las cosas bien. Pensando en la siguiente generación, y no sólo en la siguiente cinta por cortar.

Españoles y catalanes

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Entre la patada criminal de De Jong, el festejo emocionado de Iniesta, la entrega de la Copa, y el beso de Íker y Sara, una escena pasó casi desapercibida, pero me pareció tal vez la más significativa de este domingo cargado de emociones para España.

Ocurrió cuando los futbolistas se desperdigaban por la cancha. Mientras cargaban la Copa FIFA, Xavi Hernández y Carles Pujol desplegaron la bandera  roja y oro de Cataluña.

El símbolo es potente. Justo el día anterior, un millón de catalanes se había manifestado a favor de la autonomía de Cataluña, y en rechazo a un fallo del Tribunal Supremo que recortaba parte del estatuto autónomo catalán. Durante todo el torneo, había sido noticia el contraste entre las multitudinarias celebraciones de cada triunfo en Madrid y los festejos más reposados en Barcelona. Y los mismos Xavi y Pujol habían enfrentado una polémica absurda cuando se les acusó de jugar con las medias dobladas durante un partido amistoso, para ocultar la bandera española en ellas (absurda, porque la “bandera” en verdad no eran más que un par de tiras rojas y amarillas, tan parecidas, por lo tanto, al emblema catalán como al español).

La pregunta que yacía en el fondo de estas discusiones era qué tan partícipes se sentían los ciudadanos de las autonomías de los triunfos de la Furia Roja (rebautizada simplemente como la Roja en honor a su juego inteligente, pausado y nada furioso). Y por eso la imagen de Xavi y Pujol, portando al mismo tiempo la bandera catalana y la Copa del Mundo, lo dice todo. Este triunfo también es de los catalanes.

Y de los vascos (como Xabi Alonso) y de los andaluces (como Sergio Ramos) y de los canarios (como Pedro) y de los gallegos.  Más allá de las legítimas discusiones sobre la identidad nacional de cada autonomía y provincia española, y del grado de soberanía que deben tener, el crisol de orígenes de la selección sirve como buena metáfora de los éxitos que los españoles son capaces de construir.

Algo similar ocurrió con la Francia campeona de 1998, liderada por un argelino (Zinedine Zidane) y formada por futbolistas nacidos en  las ex colonias francesas de África y el Caribe, o hijos de inmigrantes. El fútbol hizo posible, al menos por un instante, el sueño de una Francia multicolor e integrada racialmente.

Está por verse si este título logra algo más permanente para España. A muchos les gustaría que la selección catalana (que por ahora juega un amistoso al año), la vasca y otras terminen compitiendo CONTRA España  en futuros torneos, tal como ya lo hacen en deportes menores, como el fútbol sala, el bowling o el fútbol australiano. Y el mismo estatuto que motivó la manifestación de sábado, entrega al gobierno autónomo competencia exclusiva en materias relacionadas con “la proyección internacional de las organizaciones deportivas de Cataluña”.

Ese es un camino. El opuesto, es el de los que pretenden prohibir todo lo que huela a autonomía. Tal vez lo del domingo muestre el camino intermedio, aquél de los que creen que es posible ondear ambas banderas (la autonómica y la de España), con el mismo orgullo y sin resentimientos.

1962

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Ya son 48 años. El Mundial de Chile (el evento deportivo más importante de nuestra historia, y uno de los hechos que más huella dejó en nuestro siglo XX) estaba a punto de cumplir medio siglo sin que hubiera una investigación a fondo sobre él. Sólo los artículos periodísticos de cada aniversario, citando a la rápida algunas anécdotas, pidiéndole a Leonel que rememorara su célebre combo contra David, y repitiendo una y otra vez lo mismo que ya se había escrito sobre el Mundial.

En una librería de Buenos Aires, preguntar sobre el Mundial del 78, que ese país organizó, lleva a un estante lleno de volúmenes sobre el campeonato, con todos los puntos de vista imaginables. En Chile, nada. Por eso, la primera razón para escribir “1962. El mito del mundial chileno” es simple: porque nadie lo había hecho. Y porque creo que un evento de esa importancia merece algo más que ser una simple nota al pie en libros dedicados a otros temas.

De ahí una investigación de ocho años, que incluye decenas de fuentes bibliográficas, documentos oficiales, actas de la FIFA y entrevistas con testigos y protagonistas de la época. Son casi 500 páginas con la primera investigación sobre la verdadera historia de 1962.

Es esa investigación la que permite derribar mitos tejidos y repetidos en este medio siglo, para reemplazarlos por verdades tal vez menos cómodas, menos edulcoradas. Los protagonistas de esta historia, partiendo por Carlos Dittborn, no aparecen aquí como monumentos de piedra, sino como seres humanos, que tuvieron aciertos, cometieron errores, libraron batallas y sufrieron críticas e incomprensiones para sacar adelante el Mundial.  

También digo que el de 1962 fue el peor Mundial de la historia. No es una simple frase. Traté de buscar parámetros objetivos que permitieran comparar las Copas del Mundo: datos numéricos para los que existiera información, desde 1930 hasta la fecha, como asistencias promedio o número de estadios (en lo organizativo), y goles marcados o expulsiones (en lo deportivo). Esa tabla (de números, no de percepciones subjetivas) es la que arroja ese resultado.

Por supuesto, esto no les gustará a todos. Y eso está bien. Sólo espero que este debate sirva para que volvamos a hablar del Mundial del 62, y para que quienes critiquen este trabajo se sientan motivados para hacer su propia investigación y contar lo que ocurrió desde su punto de vista. Tal vez así, cuando celebremos medio siglo del Mundial, el 30 de mayo de 2012, sí podamos entrar a una librería en Santiago de Chile y no encontrarnos con un vacío en el espacio que debería estar dedicado a ese año de 1962.

La nueva banda de Axl

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2 horas y 20 minutos de espera para la aparición de un cuarentón de figura gruesa y voz gastada, con la mirada ausente y perdida.

Axl Rose ha llegado al fin al Arena, pero más en cuerpo que en espíritu. Mientras las llamaradas y los fuegos artificiales acompañan Chinese Democracy y Welcome to the Jungle, el tipo cumple con más desgano que otra cosa el trabajo por el que le pagan: liderar la que alguna vez fuera la banda de rock más grande del planeta.

Axl me recuerda las últimas peleas de esos grandes boxeadores en decadencia. La expresión neutra, la mirada en el infinito, la boca siempre abierta para capturar todo el oxígeno que sea posible. Y, pese a todo, la voluntad obstinada de seguir arriba del ring.

Suenan los clásicos: It’s so Easy, Mr. Brownstone. Cada solo de guitarra, por breve que sea, es usado por el vocalista para desaparecer tras bambalinas, y  aprovechar instantes vitales de oxígeno, agua, descanso o vaya a saber uno qué. Y justo en el segundo preciso, cuando hemos perdido las esperanzas de verlo volver, reaparece en escena con su micrófono inalámbrico de siempre, de los buenos y viejos tiempos.

El repertorio se adecúa a estas pausas. Los solos de guitarra y piano que interrumpen las canciones sirven para alargar el descanso de la estrella. Las 15 mil personas del Arena los escuchan respetuosos y distantes, tal como los temas nuevos, que pocos conocen, pero que suenan maravillosamente. El álbum Chinese Democracy, arruinado en parte por la obsesión por las capas de efectos, aparece más desnudo gracias a la sinceridad del vivo y a la competencia de una banda en plena forma. Y permite reconocer, en temas como Sorry  o Madagascar, la misma impronta épica que Axl alguna vez recogió de Queen e imprimió a canciones como November Rain o Estranged.

La locura se desata en los momentos predecibles. Sweet Child O’ Mine, You Could be Mine o Patience apenas requieren esfuerzo para provocar el karaoke colectivo, y Axl se deja apoyar por esas 15 mil gargantas que subsidian lo que la suya difícilmente puede hacer. Una sola vez intenta (y logra) llegar a sus distintivos tonos altos. El resto del tiempo, se toma las cosas con cálculo. Camina sin apuro por el escenario. Sale de escena y vuelve a entrar. Cambia una y otra vez de vestuario, obligado por el sudor que empapa su ropa.

El viejo campeón sigue en el ring. Sigue de pie cuando se acerca el último round. Parece acabado, pero él sabe que aún guarda algo. Que no tiene la velocidad ni la resistencia ni el aire de un joven, pero aún conserva ese golpe demoledor.

Estratega, lo guarda para el final. Después de 2 horas y media de concierto suena el último himno que faltaba: Paradise City. Todos entienden que es el final de la noche. Los saltos remecen el Arena. Y Axl desata su gran final, cantando con pasión, sonriendo y hasta emprendiendo dos de esos carrerones de lado a lado del escenario que eran su marca de fábrica. Ya no puede cantar y correr al mismo tiempo. Es cierto. Pero igual hay mucho de emoción en esos golpes finales con que el viejo gladiador demuestra que aún le queda algo de tiempo arriba del ring.

¿Cuánto? No lo sabemos. Pero, por esta noche, pese a todo (a la espera, al físico menguante, a la voz ausente, a los fantasmas de sus ex compañeros), Axl, triunfante, lanza su micrófono rojo al público, y se retira con los brazos en alto, ovacionado. Con un golpe improbable de último minuto, ha ganado por nocáut.

¡BASTA!

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Un amigo tiene un primo lejano que conoce a alguien que trabaja en la Onemi. Y a él le avisaron que el miércoles en la noche viene la réplica más fuerte. La polola del hermano de un ex compañero de colegio es enfermera en un hospital de Temuco. Y les dijeron que estuvieran preparados el viernes en la mañana, porque viene un terremoto. O tal vez es el vecino de un colega, que supo (“de muy buena fuente”) que el temblor en verdad será el domingo, a eso del mediodía, y con tsunami incluido.
Todos hemos escuchado una historia parecida en estos días. Nos llamaron por teléfono, nos rebotaron un mail, nos llegó un RT por twitter. Y muchos decidieron tomar a su vez el teléfono, rebotar el mail o retuitear el mensaje. Y así, le dieron más gasolina al inagotable motor del rumor.
Basta. Por favor, basta.
Basta, porque, aunque a estas alturas parezca increíble tener que explicarlo de nuevo, nadie puede predecir la fecha, hora o lugar de un terremoto. Tenemos datos generales, claro (Chile es un país sísmico, después de un terremoto como el del 27/2 vienen meses de réplicas), pero nadie sabe exactamente cuándo y dónde vendrán los próximos remezones. Nadie.
Basta, porque esta ola de rumores no es inocente. Desinforma, provoca temor y pánico. Hace a la gente actuar irracionalmente. Y la distrae de lo que sí debe saber. De las verdaderas recomendaciones que personas especializadas (sismólogos, autoridades, expertos en emergencias) entregan para enfrentar estos días difíciles.
Basta, porque en un mundo interconectado todos tenemos responsabilidad. Porque cada uno de nosotros es (a través de su twitter, de su facebook, de su mail) un medio de comunicación. Y los actos de cada uno de nosotros sí hacen la diferencia.
Por supuesto, la responsabilidad de los medios masivos es aun mayor. Y ahí tenemos varios ejemplos poco edificantes. Un periódico entrevista a un tarotista. Otro, a un “sicomago”, y publica sus aseveraciones con el mismo espacio y énfasis que si se tratara de un sismólogo o un experto en tsunamis.
Un programa de TV va más allá. Trae a Chile desde El Salvador a un autoproclamado “mago”, presentado como “el hombre que predijo el terremoto”. En efecto, en sus predicciones para el año, entre varias posibles catástrofes, el tipo había deslizado un terremoto en Chile.
Claro que basta bucear un rato en la prensa salvadoreña para dar con sus predicciones para 2009 que incluyen, adivinen: ¡¡un terremoto para Chile!! Claro, no es muy difícil el ejercicio. Si uno se pasa un par de años prediciendo terremotos para Chile, seguro que alguna vez le apunta.
Menos suerte tuvo el “mago” de marras con sus pronósticos para 1999. En julio, aseveró entonces, el enorme planeta rojo Hercóbulus dominaría el cielo. Yo no lo vi. Tampoco aposté los números del Loto predichos para este domingo por el mago. No le apuntó a ninguno. Pero de eso se trata su negocio. De tirar los dados una y otra vez. Por pura probabilidad, alguna vez saldrá el número, y él tendrá su minuto de fama y dinero.
Los charlatanes no son historia nueva. Siempre han existido, y siempre han aprovechado esos puntos en que la ciencia no da explicaciones ni certezas. Este es uno de esos momentos. Que los charlatanes intenten sacar provecho de él, es inevitable. Lo que sí podemos evitar es convertirnos en cómplices de ellos. Todos nosotros. Nos haremos un bien como sociedad.
Por eso, por favor basta.

El primer autogol

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Lo decían en la Alianza: este era “un gran gol” del gobierno entrante. Y puede que tengan razón: Gabriel Ruiz Tagle es un empresario que llega a Chiledeportes avalado por una exitosa gestión al mando de Colo-Colo.

Pero el Presidente electo convirtió este gol en un clamoroso autogol al no pedir a su nuevo subsecretario que renuncie a la propiedad de Colo-Colo antes del 11 de marzo.

La verdad es que me costó creer que Ruiz-Tagle seguiría como uno de los accionistas principales de Colo-Colo. Pensé que habría un error en la información, hasta que lo escuché de su propia boca: “voy a mantener mi participación de las acciones del club”.

Así es: el encargado principal del deporte en Chile será al mismo tiempo uno de los dueños de la empresa deportiva más grande del país.

Ante un conflicto de intereses tan flagrante, no sé si valga la pena gastar demasiada tinta en argumentar lo evidente. Daré un solo ejemplo: Chiledeportes administra el Estadio Nacional, y durante los últimos años han sido constantes las disputas con la Universidad de Chile por la autorización para el préstamo del estadio en que la U hace de local. El conflicto es relevante porque cada permiso significa decenas de millones de pesos en ganancias o en pérdidas para la U, que no tiene otro estadio donde recibir a públicos masivos para sus partidos más importantes.

En otras palabras, el subsecretario de Deportes tiene una llave que determina el éxito o el fracaso económico de la principal empresa que compite con Colo-Colo en el mercado de las sociedades anónimas deportivas profesionales (SADP).

De hecho, el nuevo gobierno deberá decidir si reabre o no el Nacional en las fechas previstas por el gobierno saliente. ¿Qué dirá Chiledeportes al respecto? ¿Y qué pasará si Colo-Colo, por cualquier eventualidad, pide usar el mismo recinto (o cualquier otro de los que administra Chiledeportes)? ¿Quiénes negociarán el permiso: un empleado del Ruiz-Tagle dueño de Colo-Colo, con un subordinado del Ruiz-Tagle director de Chiledeportes?

Podríamos seguir, pero es inoficioso: es evidente que surgirán muchos temas en los que la gestión de Chiledeportes afectará al fútbol profesional, a las SADP y por lo tanto, al patrimonio de su director como accionista de Colo-Colo.

Ruiz-Tagle ha aludido a sus principios y su trayectoria profesional como garantías. Pero ese no es el tema. Nadie está poniendo en duda la integridad ética del nuevo subsecretario. De lo que se trata es de principios que le permitan hacer bien su trabajo, sin toparse en cada esquina con un conflicto que provoque suspicacias.

Queda tiempo de aquí al 11 de marzo. Es de esperar que Piñera y Ruiz-Tagle rectifiquen a tiempo una decisión tan poco afortunada, y no entren a la cancha con un autogol, aun antes de empezar el partido.

El uno a uno del Gabinete

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El gabinete de Piñera hay que medirlo, en primer lugar, con la vara de sus propias promesas. Y en ese examen no sale mal parado. Hay muchos independientes, muchísimos (13 de 22, aunque claro, algunos son más independientes que otros). Hay profesionales jóvenes. Hay gente de regiones. Hay mujeres, aunque baje bastante el número (seis, contra diez de Bachelet). Y hay un destacado concertacionista. (Aunque sí hay tres perdedores de las parlamentarias: Von Baer, Lavín y Parot).

Claro que de las fortalezas del gabinete surgen también debilidades. Una es la incógnita sobre la gestión de técnicos sin experiencia política, en ministerios que requieren muñeca (Trabajo, Cancillería, Salud). Otra, la fuerza con que empresarios provenientes del mundo privado podrán enfrentar las presiones corporativas (Vivienda, Minería, Obras Públicas, Transportes). Una más, que de aquí al 11 de marzo se despeje cualquier posible conflicto de intereses de nuevos ministros con inversiones en su área (Educación, Agricultura).

Con todo, Piñera ha cumplido en lo sustancial sus promesas de independencia y excelencia, tal como lo hizo Bachelet al nombrar su primer gabinete con las de paridad y nuevos rostros. El tiempo dirá si estos ministros corren mejor suerte que el malhadado primer gabinete de 2006.

Interior: Rodrigo Hinzpeter. Carta segura desde que Piñera es candidato. Hinzpeter es la mano derecha del nuevo Presidente, y eso asegura comunicación directa entre el Jefe de Estado y el líder, lo que parece obvio, pero no lo es tanto (como puede atestiguar Belisario Velasco, que como ministro del Interior de Bachelet no conseguía una cita para hablar con su jefa). Claro que Hinzpeter también tendrá que demostrar que tiene vuelo político propio, que es algo más que el yes man de Piñera, y que es capaz de contradecirlo y convencerlo en decisiones relevantes.

Presidencia: Cristián Larroulet. Nombre calado, diseñó el programa de gobierno y por lo tanto es lógico que sea el encargado de cumplirlo a través de proyectos de ley. Respetado transversalmente, tiene experiencia en negociaciones complejas como las que deberá liderar en el Congreso, donde el nuevo gobierno no tiene mayoría.

Vocería: Ena von Baer. Cumple varias cuotas que Piñera necesitaba llenar (mujer, joven, de regiones) y tiene experiencia en televisión. Deberá demostrar que es capaz de influir al nivel de Larroulet y Hinzpeter, con quienes compartirá el gabinete político en La Moneda.

Cancillería: Alfredo Moreno. Una jugada audaz y discutible. Piñera privilegia un perfil empresarial para una cartera que deberá enfrentar retos políticos complicadísimos: juicio con Perú en La Haya, altas expectativas de Bolivia, provocaciones de Chávez… Moreno deberá rodearse de un equipo político y diplomático de primera, partiendo por un subsecretario con experiencia en este campo. Claro que probablemente, por temperamento e intereses, en muchos momentos el rol de canciller sea asumido por el propio Piñera, tal como lo hizo antes Lagos.

Defensa: Jaime Ravinet. Aquí Piñera logra cumplir su promesa más acariciada: levantar a un político relevante de la Concertación para su gobierno. Claro que el precio es tener que guardarse las críticas a las “sillas musicales” de la Concertación, devolviendo a Ravinet al mismo ministerio que ya ocupó hace seis años. No está de más recordar que hace solo tres meses la UDI se querelló por la compra de informes redactados por el ex ministro Patricio Rojas, en la época en que Ravinet era ministro de Defensa.

Hacienda: Felipe Larraín. Hombre de confianza del Presidente electo y con sólidas credenciales académicas, Larraín deberá demostrar que también tiene muñeca política para enfrentar las múltiples presiones que caen sobre el dueño de la billetera del Fisco. Con un Presidente tan experimentado en este tema, probablemente su margen de acción sea mucho menor a sus predecesores.

Economía: Juan Andrés Fontaine. Al poner a un economista de este tonelaje, Piñera apuesta a rescatar a un ministerio que ha caído en la irrelevancia. El desafío es convertirlo en el motor de la inversión y la innovación.

Educación: Joaquín Lavín. Una carta interesante para uno de los ministerios más desafiantes. Lavín tendrá que desligarse de la Universidad del Desarrollo, y deberá demostrar que es capaz de reinventarse sacando adelante la revolución educacional que necesita el país, y al mismo tiempo manejar con su conocido pragmatismo las explosivas relaciones con profesores y estudiantes. Si lo logra, puede reflotar su carrera política. Una historia para seguir con atención.

Salud: Jaime Mañalich. Piñera se decide por un conocido para una cartera ingrata, en que se debe lidiar con escándalos periódicos, gremios levantiscos y con las aristas valóricas de temas como la píldora del día después y las políticas de anticoncepción y orientación sexual.

Trabajo: Camila Merino. Otra elección arriesgada. Piñera opta por una ejecutiva de impecables credenciales profesionales y de nula experiencia política para un ministerio complicado. Tendrá que tomar medidas audaces para destrabar el mercado del trabajo, sin despertar los fantasmas de que un gobierno de derecha afectará los derechos laborales. Cómo cuadrar el círculo.

Minería: Laurence Golborne. Una de las cartas más potentes del nuevo gabinete. Hombre clave en la expansión de Cencosud en la década pasada y actual director de Ripley, da el salto al ámbito público.

Obras Públicas: Hernán de Solminihac. Otro nombre relevante del sector privado, esta vez desde la academia (es Decano de Ingeniería de la UC). Tendrá que revitalizar el sistema de concesiones y tomar decisiones sobre el proyecto del puente a Chiloé. 

Justicia: Felipe Bulnes. Nombre esperado, que deja en el camino (y fuera del gabinete) a Rodrigo Álvarez. Ahora “con guitarra”, deberá buscar soluciones para la justicia “garantista” que ha criticado la Alianza, y mostrar compromiso en un tema sensible para el nuevo gobierno como los Derechos Humanos.

Transportes: Felipe Morandé. Indiscutible por calidad técnica, Morandé era carta lógica para el MOP. Pero sus vínculos con la Cámara de la Construcción (fue gerente de estudios y, hasta hace poco, asesor), podían generar cuestionamientos a su independencia de las empresas del rubro. Finalmente, aterriza en Transportes.

Vivienda: Magdalena Matte. Esposa del senador Hernán Larraín, Matte tiene su propia trayectoria como empresaria y directora de empresas. Su perfil ejecutiva la lleva a un área (Vivienda) en la que no tiene mayor experiencia.

Mideplan (nuevo Ministerio Social): Felipe Kast. El botín más codiciado por Longueira y Lavín, finalmente va a un experto de bajo perfil. Parece que Piñera prefirió no correr el riesgo de que una cartera que promete tener nuevos recursos y mucho lucimiento público sea usada como trampolín para la presidencial de 2013. 

Energía: Ricardo Raineri. Tiene adelantado un trabajo de años a cargo del tema en los Grupos Tantauco de Piñera.

Medio Ambiente: María Ignacia Benítez. Una figura poco conocida para una ministra que deberá hacer pesar su voz en la discusión sobre HidroAysén, además de echar a andar una institucionalidad aún en rodaje.

Cultura: Luciano Cruz-Coke. Campo minado. En un área en que la derecha tiene pocas redes y despierta muchos anticuerpos, sus pasos serán seguidos con atención, y cualquier tropiezo (como los del propio Piñera en la campaña, cuando propuso plebiscitar el Fondart, o discriminar los libros que “valen la pena”) será magnificado.

Agricultura: José Antonio Galilea. Político de trayectoria, y muy vinculado al área agrícola. Un sector eternamente descontento con la Concertación, tiene altas expectativas, difíciles de cumplir. Sobre todo porque piden protección a un gobierno que debería estimular aun más competencia y más apertura a los mercados externos.

Sernam: Carolina Schmidt.  Ministerio que ha sido blanco de críticas de los sectores más conservadores de la Alianza por su agenda valórica, Piñera decide poner ahí a una mujer independiente.

Bienes Nacionales: Catalina Parot. Le llaman el “ministerio invisible” por su nula figuración. Parot es una de las perdedoras de la elección parlamentaria que llegan al gabinete.  

Muéstrenme sus cartas

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En Chile, los candidatos presidenciales se parecen demasiado a los jugadores de póker. Tienen un mazo de cartas de entre las cuales sacarán a sus ministros, pero juegan a ocultarlas. Repiten la obviedad de que “a los ministros los nombran los presidentes”, sin entender que anticipar los miembros de su gabinete no sólo es cosa de transparencia y de democracia, sino también una buena estrategia.

Partamos por lo primero: cuando elegimos a un Presidente, los ciudadanos tenemos derecho a tener toda la información posible. Eso incluye su programa de gobierno, sus atributos personales, y también su equipo de trabajo. De hecho, el gran argumento de Piñera y Frei al enfrentarse con Enríquez – Ominami, fue que ellos sí tenían equipos capaces de conducir al gobierno. Qué contradicción que, cuando se les pide dar los nombres de esos equipos, el silencio sea la única respuesta.

Es una debilidad de los regímenes presidenciales. En los gobiernos parlamentarios, los cargos del futuro gabinete están bastante claros al momento de votar. Pero en el presidencialismo, se entiende que el futuro Mandatario se rebaja si devela los nombres de sus futuros colaboradores ante los ciudadanos.

No sólo es poco democrático. Además, es desperdiciar una oportunidad. Designar por anticipado a los cargos claves del gabinete puede ser la mejor táctica para convencer a los indecisos que definen una elección.

Lo entendió así el más presidencialista de los Presidentes chilenos. Cuando Ricardo Lagos enfrentó la segunda vuelta, dejó claro que Nicolás Eyzaguirre sería el jefe de su equipo económico y Soledad Alvear, del político (tras las elecciones, ella rechazó Interior y optó por la Cancillería). Fue una inteligente manera de espantar los fantasmas que provocaba un candidato socialista, asegurando con esos nombres un manejo económico responsable y un fuerte poder del centro identificado con la DC. Y funcionó.

Entonces, ¿por qué no dejar el póker de lado, y mostrar las cartas? El que tiene más para ganar, sin duda, es Frei. Va segundo, y necesita movimientos audaces para romper la inercia. Ya no hizo lo obvio: pedir, de inmediato, la renuncia de los presidentes de partidos. Su último “grito de independencia” difícilmente tendrá credibilidad si no lo acompaña de medidas concretas. ¿Qué tal anunciar los puestos claves de su futuro gabinete, con gente como Claudio Orrego, Carolina Tohá, Óscar Landerretche, Francisco Javier Díaz o Jorge Navarrete en los ministerios más importantes? Ahí sí, conceptos como el “puente entre generaciones” o “los cargos para los que tienen méritos” serían algo más que frases al viento.

Además, tomaría la iniciativa de la agenda, centraría la cobertura de prensa en los currículos de sus eventuales ministros, y pondría a Piñera en la encrucijada de sumarse a la iniciativa de su contendor, revelando sus propios nombres, o mantenerlos ocultos, alimentando dudas y suspicacias.

¿Y si Piñera se adelanta? Es cierto, él va ganando. Pero todavía tiene que romper una última barrera sicológica para ganar: decenas de miles de chilenos que nunca han votado por la Alianza tienen que preferirlo. Muchos de ellos temen que la derecha más dura, vinculada al gobierno de Pinochet, tenga cargos significativos en su gobierno. Un temor que también podría aplacar nombrando en puestos claves, a gente como Ena von Baer, Raphael Bergoeing, Pablo Allard o Cristóbal Bellolio.

Los nombres, por supuesto, son discutibles. Pero el fondo es otro: los candidatos tienen que dejar de jugar póker. Será bueno para la democracia. Y, en términos más boxísticos, podría ser el gran golpe que ponga al rival a la defensiva y defina estas elecciones.

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