Se alejan los años dorados…

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Parecía el cuento del lobo, repetido con la misma insistencia: la tasa de natalidad baja, la población envejece y tarde o temprano pagaremos las consecuencias… No era cuento y lo triste es que, al menos en Europa, pasó.

Un reciente estudio publicado por la Comisión Europea dice que si hoy por cada jubilado hay 4 personas que trabajan, en 50 años más, sólo habrá dos… ¿Qué significa? Que el actual sistema de pensiones (de reparto) en el viejo continente es insostenible y que la recomendación para todos los gobiernos de los 27 países del bloque, es a subir la edad de jubilación. ¿A cuánto? Cada país tiene una realidad distinta y sabe hasta dónde puede ajustarse el cinturón, pero la recomendación es a los 70 años…

En otro escenario, el consejo podría haberse tomado con calma, pero la reciente crisis económica mundial actuó de catalizador, y hoy los gobiernos europeos están ideando todo un sistema de recortes fiscales para pagar las últimas deudas asumidas y están prontos a elevar la edad para el retiro.

Francia, el país que en 1982, con Francois Mitterrand, se jactaba de haber reducido a 60 años la edad para pensionarse, es el primero que planea elevar la cifra. Nicolás Sarkozy quiere aprobar en septiembre una reforma que suba progresivamente en 4 meses el plazo de retiro, para llegar a los 62 años… No le va a ser fácil. Aún así es el plan de la mayoría de los gobiernos europeos. España quiere retrasar la edad de la jubilación de los 65 actuales, hasta los 67. Inglaterra quiere pasar de 65 a 66. Grecia, el ícono de la crisis, busca equiparar la edad de jubilación de las mujeres a 65 años. Aquí en Italia, lo mismo. Y en Alemania, la edad de retiro para los nacidos después de 1963 aumentó a 67 años.

Suma y sigue. Sin duda no serán reformas simples y las movilizaciones anunciadas hacen prever un otoño convulsionado en esta parte del planeta.

¿Pero qué va a pasar en nuestro país frente a esta tendencia?

Las cifras muestran, que tal como Europa, nuestra población envejece… Ya nos mostraba  Anita Córdova en Reporteros de Teletrece hace unos días  (http://tele13.13.cl/noticias/reporteros/18778.htm) que en 15 años más los adultos mayores chilenos serán el doble.

Es bueno recordar que en Chile el esquema de pensiones no es de reparto como el europeo, sino de capitalización individual. Pero el tema es el mismo: hay que financiar más años de vida y la preocupación recae sobre todo en nosotras, las mujeres. Vivimos más,  no siempre cotizamos ininterrumpidamente, ganamos menos y jubilamos antes. Hay algo en la suma que no da.

Sin embargo el debate se ha postergado, con mayor o menor grado, le hacemos el quite. Es verdad que recién el 2008 se hizo una reforma previsional, cuyos resultados -según las autoridades- aún hay que estudiar. Si son positivos, nada que decir, pero si no lo son, habrá que hacerse la idea de postergar los llamados “años dorados” (al menos para que tengan algo de dorados).

Por un feliz Día de la Madre

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Escribo desde un tren camino a Roma, en el que regreso después de un viaje de trabajo…  En pocos minutos mi hija de dos años acompañará a su papá a un concierto de beneficencia que los italianos organizan para los afectados por el terremoto en Chile, porque definitivamente no alcancé a llegar para acompañarlos o quedarme en casa con ella. Cruzo los dedos porque no haga una pataleta cuando su papá (orador del evento) tenga que subir al escenario, pero así son las cosas y a falta de redes en un país lejano, es parte de lo que toca cuando se decide ser mamá y hacer malabares para combinar los roles. 

No me quejo y es una situación parecida a la que a diario viven millones de familias, sobre todo en un país como el nuestro, que en la última clasificación de los mejores países para ser madres, ocupa el lugar número 56 entre 119 naciones. 

Con admiración (y no sin un resto de envidia) acabo de ver las condiciones que gozan las madres en Noruega, la nación que corona la lista. Allí el postnatal dura entre 45 y 56 semanas, en el que reciben el 100% de su sueldo. Al final de la clasificación veo a Afganistán, donde una de cada ocho mujeres muere antes o después del parto (donde sólo el 14 % recibe asistencia médica), si vive probablemente verá morir al menos a uno de sus hijos antes de los 5 años por una enfermedad fácilmente evitable y su propia esperanza de vida es prácticamente la mitad de la misma mujer noruega, o sea 44 años. 

En la mitad de este abismo se encuentra Chile, justo en el lugar 56. Saltó del puesto 15 al 13 entre los países en vías de desarrollo, pero aún está lejos de Argentina, Corea del Sur o la misma Cuba, que nos aventajan en este ranking. Si bien las cifras sanitarias son satisfactorias, la deuda de nuestro país está en el ámbito social. Las mujeres aún ganamos un 30% menos que los hombres por el mismo trabajo. El post natal de 84 días es difícilmente compatible con la recomendación mundial de amamantar exclusivamente hasta los seis meses. El uso de licencias para alargar el tiempo junto a nuestros hijos es una práctica informal que no comparto, pero que entiendo, y que ha llevado a plantear seriamente la extensión del permiso maternal a seis meses. 

Ya todos parecen estar de acuerdo. El consenso aún no se convierte en ley, pero sería políticamente muy incorrecto oponerse. Veremos si en la práctica no repercute  negativamente en el empleo femenino y se traduce en un estímulo para convertirse en madre, en un país cuya población envejece a un ritmo mucho más rápido del que se renueva. 

Así, espero que el próximo Día de la Madre todas tengamos mejores condiciones para disfrutar el regalo que son nuestros hijos. Mientras, sólo espero llegar a tiempo a mi primer acto de Día de la Madre en el jardín infantil de mi hija,  porque por más retraso que tenga el tren, alcanzo…!!!

Cerca o lejos, Chile en el corazón

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No hay duda que desde el punto de vista de las sensaciones físicas desde el 27 de febrero los chilenos nos podemos dividir entre quienes sintieron el terremoto y los que no. Sin embargo, el piso se nos movió a todos. Y como cada uno de ustedes que nunca olvidará cómo vivió esos dos minutos, tampoco, ninguno de los que estábamos fuera de Chile olvidará cómo se enteró de semejante catástrofe.
Yo había instalado hacía dos días twitter en mi teléfono y era literalmente mi juguete nuevo. Esa semana lo estaba usando para seguir el Festival de Viña y esa noche me dormí saboreando las copuchas de Arjona en el escenario. Por la diferencia de hora y el afán madrugador de mi hija chica, a 7:40 de ese sábado en Roma ya estaba despierta (en Chile eran las 3:40), e hipnotizada con la tecnología, al poco rato ya estaba pegada al teléfono para saber el cuento completo de la noche festivalera. En vez de eso me encontré con mensajes desesperados de personas buscando a sus familias en el sur. Algo grande había pasado. Corrí a encender el computador. Pero tal como la orquesta del Titanic, que seguía tocando en medio del naufragio, los sitos de noticias chilenos estaban todos pegados en la noche anterior y ni señas de nada raro. Sólo una alerta, nuevamente a través de twitter de la CNN, me dio la noticia. Terremoto 8,8 grados en la escala Richter. Pensé al tiro en una catástrofe, pero mi imaginación no me dio nunca para tanto…
Por suerte alcancé a llamar a la familia más directa y saber que estaban bien. A los minutos ya no fue posible llamar de nuevo, ni a ellos, ni a nadie más. No todos tuvieron esa tranquilidad y comenzaba para muchos chilenos que viven fuera una angustia gigantesca por saber la suerte de sus seres queridos, aumentada por la cantidad de noticias devastadoras que nos llegaban a través de las cadenas internacionales, como la misma CNN o la BBC, que ese sábado transmitieron durante todo el día lo que se comenzaba a saber de esta tragedia.
El orgullo ilimitado por mi país me dio una sensación inmediata de tranquilidad que a la larga resultó ridícula. Pensé: ok, fue un terremoto gigante, pero desde que nacemos sabemos que somos un país sísmico, nos “creemos la muerte” por nuestro grado de desarrollo en la región, así que no tenía dudas, estábamos preparados. Hacía meses me había tocado cubrir aquí un terremoto que afectó la zona centro de Italia en L’Aquila. Había sido 6,3 en la escala de Richter, pero lo suficiente para que decenas de pequeños poblados desaparecieran. Cientos de construcciones nuevas, malhechas y fraudulentas (muchas levantadas con dineros de la mafia), estaban en el suelo. Lo miraba todo con pena, con asombro y con la certeza de que en Chile no ocurriría jamás algo así. Que nuestra construcción antisísimica y nuestro sistema de fiscalización evitaría que edificios nuevos cayeran como naipes… Las imágenes me dieron el primer tapabocas.
Luego me llamó un primo de Noruega, estaba asustado porque en la televisión estaban anunciando un tsunami. Tranquilo, le dije, Confía en que somos un país chico, pero organizado. Y me porfiaba que la CNN estaba dando hasta las horas en que las olas impactarían a las ciudades costeras. ¡Qué irresponsables! pensé, de nuevo equivocada. ¿Cómo pueden caer en el sensacionalismo cuando nuestros sistemas en Chile ya lo descartaron? Segundo tapaboca. El más doloroso de todos. Sobran las palabras…
Luego pensé en la solidaridad de mis compatriotas enfrentados al dolor … y comienzo a ver los saqueos. Concuerdo en que no son mayoría, pero me sorprendió de lo que somos capaces, aún siendo pocos, sin el control…
Por suerte, junto a eso emergió el espíritu del que nos sentimos orgullosos. Era necesario, reparador y compensatorio ante tanta desgracia. La Teletón fue vital para subirnos el espíritu, a los que están en Chile y a los que lo miramos con amor y cercanía todos los días desde algún lugar del planeta.
Ya estamos mirando para adelante. Sin embargo, nos queda una tarea gigantesca. Levantar todo lo que se vino abajo y construir de verdad el país que soñaba, del que me sentía tan orgullosa. Un país preparado para enfrentar lo que sabemos desde que nacemos que se nos viene encima. Sin duda un megaterremoto como éste supera muchas cosas, sobre todo en materia de construcción y es verdad, en otro lugar, no habría quedado nada. Pero también sabemos que hay víctimas que hoy podrían estar entre nosotros si las tareas las hubiéramos hecho bien. Cada uno sabe en su conciencia donde falló, pero es necesario reconocerlo para repararlo, porque aunque no le toque a nuestra generación, éste no será el último terremoto ni tsunami. Con todo lo que somos capaces, la próxima vez tenemos el deber de contar otra historia.

Enfermos, pero de patudos (Ojalá no sea contagioso)

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Hay costumbres que bien vale la pena seguir, y así se los comentaba la semana pasada a propósito de la contagiosa alegría de los carnavales. Sin embargo, hay otras que me hacen hervir de la rabia y espero que nunca nos lleguen.

Producto de un frenético incentivo a la industria automotriz, Italia es el país de los autos. Con 539 automóviles por cada mil habitantes, es la nación europea que lidera el número de vehículos per cápita y ocupa el sexto lugar a nivel mundial. Excelente para el mercado, lo único malo, es que a diferencia de Estados Unidos (el país que encabeza la estadística) aquí las calles definitivamente no dan para tanto auto. Circular es lento y estacionar, una pesadilla.

Sufriendo esto es que comencé a notar la cantidad de autos para lisiados que hay, con personas perfectamente sanas manejándolos. Demás está decir que los estacionamientos para personas minusválidas deberían ser respetados y en Chile más de alguna vez hemos visto reportajes que nos muestran lo contrario. Lo asombroso es que aquí los “patudos” o “furbos” (como se les llama en el lenguaje popular), han dado un paso más: se hacen pasar por minusválidos y tienen carné. Así es.

En estos días a través de las noticias, hemos visto a ciegos estacionando sus autos… Sí, personas cuyo carné de ayuda social dice que sufren ceguera, que su discapacidad es mayor a un 74% y que, por tanto, tienen derecho a una ayuda del estado de 255 euros (unos 186 mil pesos). El derecho al transporte gratis, descuento para comprar un vehículo especial y el mítico pase “H” que les permite entrar gratis a los centros históricos de toda Italia, viajar por las vías preferentes y estacionar gratis en los lugares indicados.

Superar el 74% de invalidez da la mayoría de estos derechos y se ha encontrado a personas con una enfermedad crónica aparentemente sencilla, que sumando el diagnóstico de depresión, llegan al porcentaje necesario. Como es de suponer, los verdaderos enfermos tienen que seguir una suerte de vía crucis burocrático (que incluso puede durar años) para obtener la asistencia y la pensión. Sin embargo, el “sistema” permite en no pocos casos, que el certificado se entregue con sospechosa celeridad.

En diciembre del año pasado la policía detuvo en Nápoles a 56 personas que se hacían pasar por discapacitadas. A raíz de esta investigación comenzaron los controles y de 200 mil pensionados por invalidez, 22 mil (más del 10%) estaban en manos de personas que gozaban de perfecta salud.

En definitiva, un sistema asombroso para generar enfermos imaginarios. Sólo espero que no sea contagioso.

Espíritu de carnaval: ¿por qué no?

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Cuando en esta misma época llegué a Roma tres años atrás, me sorprendió ver los fines de semana a pequeñas princesas, cenicientas, chinitas, leones, zorros y tigres por las calles,  supermercados o parques. Algunos disfraces claramente más producidos que otros, pero en definitiva niños felices comiendo caramelos y repartiendo challa para alegría de los de su tamaño y para desgracia de los encargados de la limpieza.

¿Dónde van? A ninguna parte. Se disfrazan porque es época de carnaval y haya o no fiesta, lucen sus trajes y nos regalan a los grandes momentos hermosos viéndolos en sus pequeños atuendos.

Aquí en Italia hay ciudades particularmente famosas por sus máscaras y por la espectacularidad de sus trajes en época de carnaval como Venecia. Roma no es así. Hay grupos de teatro callejero que animan algunas plazas, en las pastelerías se venden dulces especiales (unas masitas  fritas deliciosas con la que tentarse), pero la ciudad no se caracteriza por tener una gran fiesta. La fiesta aquí la hacen los niños y sus disfraces, así de simple, poniendo su alegría en un país de tradición cristiana antes de comenzar la Cuaresma.

Por eso me pregunto si nuestros niños se disfrazan de calavera para Halloween y andan amenazando al vecindario si no les regalan dulces, ¿por qué no tomar la sana alegría de los carnavales? No son necesarios grandes recursos, tenemos al verano como aliado y sólo hace falta un poco de humor para sacarnos esa fama de “fomes” o “graves” que arrastramos por el mundo y darle un poco más de color a una época que además, es de vacaciones.

¿Se animan?

Los ángeles de Haití

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No estuve en Haití… Tal como la inmensa mayoría de ustedes, fui testigo a través de la televisión y los diarios de una catástrofe de la que sólo sabemos bien el día que comenzó, el 12 de enero de 2010. En triste coincidencia, es la fecha de mi cumpleaños, el día en que mientras celebraba, a miles de kilómetros se terminaba la vida para millares de personas y comenzaba otra, infinitamente más dura, para varios millones más.

No quiero enumerar lo que pasó, ya tendrán suficiente con las imágenes apocalípticas de los muertos por las calles… sólo quiero invitarlos a pensar en los sobrevivientes, especialmente en los niños, los “ángeles de Haití”, en los que no dejo de pensar desde ese día.

Frente a la angustia que nos provocan las imágenes de los pequeños heridos y de los huérfanos, tal vez lo primero que pensamos es en sacarlos lo más rápido de allí. Y es en ese escenario que se ha dado la posibilidad de salida para muchos hacia Estados Unidos y Holanda. Pero son niños que ya antes del terremoto estaban en proceso de adopción y es en esos casos donde la agilización de los trámites es un imperativo.

Con emoción he visto que muchos chilenos han abierto su corazón y generosamente buscan adoptar rápidamente un niño haitiano. No me cabe duda de que en este escenario extremo, es una alternativa que les permitiría vivir y optar a un futuro mucho más cierto que en la catástrofe que es hoy su país. Pero tienen un grado de razón los que llaman a ir con calma.

De acuerdo a la inestimable experiencia de más de 60 años de la Unicef, sacar a niños que han vivido una situación tan traumática de su entorno, puede ser aún más perjudicial. Por eso, y mientras se trata de brindarles un presente inmediato en que se satisfagan sus necesidades básicas, lo más urgente es buscar a sus familias, primero a sus padres (el desorden es tal, que aún hay muchos padres en búsqueda de sus hijos y viceversa) o seres queridos que puedan hacerse cargo de ellos en un entorno conocido. Lo que ocurrió con el tsunami en Asia en el 2004, demuestra que la reunificación de las familias es posible. Sólo cuando esa posibilidad se acaba, se recurre a la adopción. Pero lo básico es agotar las posibilidades y luego establecer controles estrictos para garantizar el bien futuro del niño. Esa es la razón de fondo para ir con cuidado. En nuestro país los pasos son claros, y una vez que se restablezcan mínimamente los sistemas de identificación en Haití, los chilenos que deseen pueden acreditarse ante las oficinas del Sename (www.sename.cl) como personas idóneas para adoptar.

Mientras, la invitación es a sumarnos a la solidaridad y hacerle la vida inmediata lo más llevadera a los llamados ángeles de Haití. Lo siguiente, es a no olvidar sus rostros cuando las cámaras de televisión se vayan , porque si ya antes la situación era precaria, la reconstrucción será tarea de décadas, y ya sea a través de la generosa alternativa de la adopción, el trabajo voluntario o nuestros aportes en dinero, esos pequeños, que vieron derrumbarse su mundo, nos van a seguir necesitando.

 

Viajeros: a armarse… de paciencia

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Si ya era molesto, a partir del 27 de diciembre pasado, volar se está convirtiendo en pesadilla… No lo digo por la estrechez de los asientos, las turbulencias, los retrasos, la espera de las maletas, ni la comida. Lo digo por el aumento de los controles de seguridad que se saltaron a la cima después que un joven nigeriano de 23 años se burlara de todo un sistema, al pasar por los controles del aeropuerto de Amsterdam y embarcar en un vuelo rumbo a Detroit con una jeringa y 80 gramos de un poderoso explosivo.

No dejó de sorprenderme que en el mismo aeropuerto de Schiphol donde hace unos meses tuve que tomar un trago de leche de la mamadera de mi guagua para poder subirla al avión, dejaran pasar a un joven que llevaba pentrita en los calzoncillos. Los pesados controles no sirvieron de mucho y tal vez no lo hagan en el futuro si el trabajo de los detectores no se complementa con el cruce de datos básicos de los servicios de inteligencia, como el “detalle” que el nigeriano estaba en una lista de sospechosos de terrorismo internacional.

Ahora las medidas de seguridad se multiplican, sin que garanticen  efectivamente la tranquilidad. A partir de esta semana en Estados Unidos se están utilizando equipos de escáner y rayos, que prácticamente permiten desnudar a los pasajeros para detectar cualquier objeto oculto entre la ropa. Una máquina que cuesta 220 mil euros, unos 150 millones de pesos chilenos. Aquí en Europa su uso está en debate y muchos alegan que estas revisiones atentan contra la intimidad de las personas. Pienso que es mejor eso, a que después aplique la tecnología en el reconocimiento de los restos tras una catástrofe. Sin embargo, incluso estas medidas, de nada sirven, si no se complementan con otras, tal vez  menos ostentosas y  más efectivas, como por ejemplo, atender la denuncia del propio padre del nigeriano que ante la embajada norteamericana había advertido sobre la peligrosidad de su hijo.

En este caso, en que todas las medidas fallaron y sólo la decidida intervención de uno de los pasajeros del vuelo a Detroit, evitó que el avión estallara… ¿Y es que es necesario que los ciudadanos sean responsables de su propia seguridad o que viajen con los ojos bien abiertos para detectar a cualquier sospechoso? Tal vez sea mejor sentarse al lado de alguien que nos parezca valiente o hacer un rápido curso de superhéroe para suplir las deficiencias de un sistema que ante la realidad, debería haberse perfeccionado hace rato.

Susto vaticano

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Es el susto más grande que ha pasado la gendarmería vaticana en lo que va del pontificado de Benedicto XVI y ocurrió justo al comenzar la misa del Gallo en Nochebuena, una de las celebraciones más concurridas y seguidas a través de la televisión en todo el mundo. Seguramente habrán visto cómo una joven de 25 años, (digna de candidata a las próximas olimpíadas por la agilidad), saltó las barreras y cayó justo en la mitad del pasillo de la Basílica de San Pedro, botando al Papa y al cardenal francés Roger Etchegaray, que lo acompañaba en la procesión.

El Papa pudo reponerse rápido y seguir avanzando, mientras dos de los 50 agentes y 30 guardias suizos que estaban dentro de la basílica, detuvieron instantáneamente a la joven, que según se constató, sufría desequilibrios mentales.

No iba armada, no pretendía hacerle daño y ya lo había intentado justo un año antes, vistiendo la misma vistosa chaqueta roja…

La polémica se encendió rápido… ¿Son suficientes las medidas para proteger a una figura pública, un jefe de estado y a la vez un líder espiritual?

En los años que llevo cubriendo el Vaticano, y sobre todo en los últimos en que vivo en Roma, he podido conocer el círculo de seguridad más cercano al Santo Padre, a varios de los “hombres de traje negro” que forman el llamado primer anillo en torno al pontífice. No bajan la alerta ni un segundo, ni siquiera dentro del avión papal, como he podido constatarlo en algunos de los viajes en que los que lo hemos acompañado, y ya se imaginarán todos los controles que hay que pasar antes de subirse. Lo siguen, lo rodean, tienen ojos en todas partes, pero no pueden aislarlo.

Esta vez, un detector de metales, daba la certeza de que ningún peregrino al interior de la Basílica estaba armado. Pero las invitaciones a una misa son abiertas y el límite sólo lo da la capacidad del lugar, no hay control de identidad, imposible… Tan imposible como impedir que alguien de un salto de esa magnitud para abordar al Papa.

Ya una vez, una chilena, rompió todas las barreras y llegó hasta el altar en medio de la Plaza de San Pedro para abrazar a Juan Pablo II en agosto del año 2000. Le puso una bandera chilena sobre las rodillas y esa imagen dio la vuelta al mundo. ¡Cómo olvidarlo, cuando junto a Ramón Ulloa tuvimos que salir a buscarla entre más de un millón de jóvenes, para hacerle una entrevista! Fue un motivo de emoción y hasta de orgullo. Pero en definitiva, otro quiebre al círculo de seguridad.

Yo también quiero votar

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Me pasé todo el domingo conectada. Sin duda el frío romano fue un aliado para estar  revisando a cada rato lo que mis amigos ponían en Facebook, Twitter, viendo la transmisión del canal a través de Internet, mirando los últimos datos de los diarios. Todo el día pude empatizar con la historia del gato que mira la carnicera, con la nariz pegada a la vitrina y sin poder entrar.

Sin duda ser periodista agudiza los síntomas, pero tengo la certeza de que, como yo, muchos de los 860 mil chilenos que viven en el extranjero, este domingo sintieron el anhelo de  ejercer un derecho y participar en un acto que sentimos nuestro. Digo muchos chilenos, porque efectivamente entre los 860 mil, hay quienes no perderán jamás un domingo de su vida por ir a votar, tal como pasa en Chile, pero otros en cambio, no se perderían por nada ese derecho. 

Me parece que después de 20 años de democracia, no es posible pensar que el voto de los residentes en el exterior pertenece a un solo grupo político. La experiencia me muestra, al contrario, que hay cientos que salieron a estudiar, que temporalmente están fuera por trabajo y otros que emigraron buscando un mejor horizonte económico. Más allá de eso, creo que no es justo legislar en beneficio de una tendencia y que corresponderá garantizar la igualdad de derechos de los chilenos, dentro o fuera de nuestras fronteras.

Hubo quienes organizaron votaciones simbólicas en algunas capitales europeas. Algunos centenares expresaron su opinión, pero son más los que habrán votando en forma efectiva.

Tenemos razones sobradas para enorgullecernos de nuestro país y nuestra democracia. El conocer los primeros resultados a las 6 de la tarde hora chilena, me dio argumentos hasta para presumir de nuestra organización frente a mis amigos italianos. Lo que no pude explicarles, sin embargo, es que ellos mismos, peruanos, ecuatorianos, argentinos, estadounidenses, franceses, españoles, etc, puedan votar si están en el extranjero y yo no. Me quedo pensando en que paradójicamente, tuve que excusarme en el consulado, para más encima no tener que pagar la multa que podría llegarme por el hecho de estar inscrita y no poder votar  Y viendo que hay segunda vuelta, vuelta a excusarme y a pasar otra tarde pegada a Internet que por suerte existe

Tolerancia en picada

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Cada vez estoy más de acuerdo con que dentro de poco, sólo las calabazas de Halloween permanecerán como un signo aceptable en las calles europeas. Esta semana aterricé en Ginebra el mismo día en que los suizos –paradigmas de neutralidad y tolerancia- sorprendieron al mundo al rechazar por un contundente 57% la construcción de nuevos minaretes en su territorio. La razón: lo consideran un símbolo de injerencia extranjera y la implantación del Islam. Tan sorprendida estaba con el resultado del referéndum, que se me ocurrió comentárselo a un taxista (casi siempre reflejos del pulso local). Como respuesta recibí un discurso de 15 minutos enumerándome los males del mundo encarnados en la torre que llama a los musulmanes a la oración. Lo que escuché en sus palabras fue temor, desconocimiento y por qué no decirlo, un cierto menosprecio a la diversidad.

Me parece un valioso ejemplo que los suizos utilicen el referéndum para decidir sobre lo que les importa, muy  bien que lo hayan hecho con autenticidad, pero me preocupa que eso sea lo que piensan.

Durante las últimas décadas hemos sido testigos de una oleada migratoria, que también ha llegado a nuestro país, pero que en el caso de Europa viene de África, Asia y Medio Oriente, de países mayoritariamente musulmanes. Así las calles han cambiado su fisonomía, el velo islámico ya no es una rareza, los kebabs son tan comunes como cualquier plato local y los símbolos de sus creencias también están modificando el paisaje. “El mundo ya nunca volverá a ser lo que fue”, dicen los nostálgicos. ¿Cómo podría serlo?, me pregunto pragmática.

Lo que temo descubrir tras el rechazo a los minaretes, es por un lado, un sentimiento xenófobo que ya está sirviendo como caldo de cultivo para ideas similares en el resto de Europa. Y por otro lado, la idea de que borrando de un plumazo los signos de la fe, no incomodamos a nadie.

Hace un mes la Corte de Derechos Humanos de Estrasburgo, tras una demanda de un particular, decretó que la  presencia de crucifijos en las salas de clases italianas violaba el derecho a la libertad religiosa y lesionaba el pluralismo educativo. ¿Habrá que echar abajo las catedrales? ¿O cambiar el calendario, fijado en Antes y Después de Cristo para no herir la susceptibilidad de nadie?

¿Es el vacío el que garantiza el pluralismo?…. Pienso que no. Me parece que la riqueza está en convivir y, sin perder nuestra identidad, respetar la diversidad.

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